Vomithorror Y Relampafuego
Hace muchísimo, pero muchísimo tiempo los dragones dominaban el mundo en el que vivimos hoy. En ese entonces hacía tanto calor en nuestro país como lo hace ahora en el ecuador. Pero luego la atmósfera se enfrió, se formaron la nieve y el hielo, y dado que los dragones no soportaban demasiado el frío, cada vez eran menos. Una de las últimas familias de dragones estaba conformada por el padre Vomithorror, la madre Mordemonia y el hijo Relampafuego.
Anidaban en la colina que se eleva sobre la ciudad, en donde vivieron nuestros antepasados. Para que los dragones no se los devorasen les daban toda la comida que deseaban. Una vez al año tenían que llevar a la colina a la muchacha más hermosa a quien Vomithorror devoraba sin piedad.
Por ello, los concursos de belleza de esos tiempos eran muy diferentes a los de hoy en día. Las participantes hacían muecas para verse lo más feas posibles. No obstante, la comisión al final elegía a una por la cual llevaba luto toda la ciudad.
“Mamá, ¿por qué hace eso papá? No puedo mirar algo así”, lloraba Relampafuego, quien todos los años debía ser testigo de este horrible acontecimiento.
“Si tu papá no se devorase todos los años a la muchacha más hermosa, los hombres no nos tendrían más miedo y no nos traerían más alimentos”, le explicó la mamá dragón a su hijo, quien de ninguna manera podía conformarse con esta terrible costumbre.
Relampafuego, tras escuchar que su padre era tan temible para que los hombres le trajesen comida, dejó de comer cabras, ovejas, terneros, conejos, gallinas y otros animales domésticos que los hombres le llevaban a los dragones, pues la carne ya desde antes no le gustaba para nada. Pasteaba por los campos, comía pasto como las vacas, avena como los caballos, zanahoria como los conejos y avellanas y nueces como las ardillas. Vomithorror no se dio cuenta de ello, ya que salía todos los días por la mañana temprano a espantar y devorar animales y personas en los alrededores más próximos y también más remotos y regresaba a casa tarde por la noche.
Dado que Relampafuego tenía buen apetito también crecía y se transformaba en un dragón cada vez más grande y fuerte comiendo vegetales. Cuando se convirtió en un joven una noche su padre Vomithorror, después de haber regresado de sembrar el terror cotidiano, le dijo: “Hijo mío, como me di cuenta que ya no eres un niño sino que un dragón adulto grande, este año devorarás a la muchacha más hermosa en mi lugar.”
“Pero papá, no es necesario, no tengo nada de hambre”, tartamudeó Relampafuego.
“No la devorarás ahora mismo, sino recién en una semana cuando haya luna llena”, lo tranquilizó el padre. “Hasta entonces ya volverás a tener apetito.”
“¿Y si no la supiese devorar?” el joven dragón intentó de todos modos eludir la horrible tarea.
“Por supuesto que sabrás hacerlo. Si puedes devorar a una oveja o cabra también sabrás devorar a una humana”, lo animaba Vomithorror.
“Pero no como ovejas y cabras. No me gusta la carne”, desembuchó en voz baja Relampafuego.
Al oír esto, a Vomithorror le resplandecieron los ojos y echó humo por la nariz. “¡Mordemonia!” bramó tan violentamente que retumbó en todas las colinas y montañas. “¿Cómo es posible que a mi hijo no le guste la carne?”
“¡Si estuvieses más tiempo en casa y ayudaras en la educación de tu hijo, te hubieras dado cuenta hace tiempo y ahora no me estarías gritando!” refunfuñó enojada la madre.
Se originó tal discusión que tronó sobre la ciudad como si se estuviese aproximando un huracán. Relampafuego se sentía muy mal al ver a sus padres discutir. Pero cuando estaba a punto de fugarse lo más lejos posible, Vomithorror se volvió hacia él y tronó: “¡Devorarás a la humana o no eres más mi hijo!” En eso golpeó con tal fuerza el suelo con la cola que los habitantes de la ciudad creyeron que se trataba de un terremoto. Luego ordenó traer a la bella muchacha.
El viejo dragón, al notar que Relampafuego no tenía intención de obedecerlo, gruñó furioso: “Pues bien. La devoraré solo. ¡Y si no te agradan las costumbre de aquí entonces lárgate ahora mismo de esta colina donde reinan los dragones y no los cobardes!”
Luego se dirigió con la mirada funesta a la muchacha aterrada.
“Ay, auxilio, por favor no”, se lamentaba la muchacha a quien se le acercaba Vomithorror a paso lento y firme.
Cuando ya estaba casi delante de la muchacha, Relampafuego se interpuso repentinamente a Vomithorror.
“¡Déjala en paz!” rugió ante el asombrado padre.
“¡Si no te animas a devorar a la humana, por lo menos, no me hagas pasar vergüenza!” gritó Vomithorror y vomitó una llamarada contra Relampafuego. Pero éste le escupió una llama mucho más fuerte.
El viejo dragón no podía creer lo que estaba viendo. Es decir, su hijo no es un cobarde como había creído. Pero, por ello, aún no es más fuerte que yo, se dijo a sí mismo y lanzó contra su hijo el fuego más grande que haya podido sacar jamás. Sin embargo, Relampafuego ahora también pudo devolverle una llama mayor, tan violenta que le quemó los oídos y cejas. Luego los dos dragones se abalanzaron uno sobre el otro y pelearon en el aire, provocando fuertes relámpagos. El combate se prolongó mucho tiempo. Al final, Vomithorror debió reconocer que Relampafuego es más fuerte que él.
Por eso, no le quedó otro remedio que cederle el poder a su hijo.
Al convertirse en el dragón dominante, Relampafuego, prohibió inmediatamente el hecho de devorar a las personas. A cambio de alimentos, los dragones ahora le ayudaban a las personas con su fuego en las labores de herrería. Fueron de gran ayuda cuando los enemigos atacaron la ciudad. Así los habitantes y los dragones vivieron en armonía.
Lamentablemente, esta relación amistosa no perduró mucho tiempo porque siendo tan pocos dragones, Relampafuego no pudo encontrar una compañera con quien crear una familia. Siendo viejo y estando débil, lo cuidaron los habitantes de la ciudad. Cuando falleció se entristecieron. En su memoria construyeron un puente donde solía tomar agua del río y lo denominaron el Puente del Dragón, en honor al dragón que tendió puentes entre los dragones y los hombres.
Generaciones más tarde, quienes conocieron a Relampafuego solamente a través de las pinturas, lo representaron en cuatro estatuas de bronce y las mandaron a colocar en el puente. Sin embargo, estas estatuas son mucho, mucho más pequeñas de lo que eran los verdaderos dragones que hace años vivieron sobre nuestra ciudad.
Traducción de María Alejandra Podrzaj
