Del Sapo Que Era Un Principe Encantado
Una abuelita iba con su nieta al estanque y le contaba cuentos. Una vez le relató el cuento de la princesa y el sapo, que no era un sapo cualquiera, sino un príncipe convertido en sapo. El cuento lo escuchaba el sapo Samuel, escondido detrás de los arbustos. Después de escucharla, no lo pudo olvidar. Más pensaba en él, más claro sentía que era diferente a otros sapos. La razón no podía ser otra sino que él también era un príncipe encantado.
Y como estaba seguro que no era un sapo sino un príncipe, ya no acomodaba las algas detrás suyo, no limpiaba su lugar ni cantaba en el coro de sapos, sino que se quedaba acurrucado todos los días en el borde del estanque esperando a la princesa, que se le cayera la corona al agua y él se sumergiría a buscarla, le devolvería la corona de oro y a cambio de la corona le pediría a la princesa que lo bese para convertirse en un príncipe.
Como tarea, cada tanto se sumergía al fondo del estanque, tomaba una piedra del fondo y lo traía al borde, donde se quedaba esperando a la princesa.
Cuando se acercaba alguna jovencita al estanque, se sentía emocionado. Pero ninguna tenía una corona de oro. Todas venían y se iban y ninguna necesitaba de su ayuda.
“¿Cómo estás, príncipe? ¿Todavía eres un sapo?” se burlaban las otras ranas.
“A lo mejor la princesa encontró otro príncipe y ni siquiera va a venir.”
“A lo mejor la corona cayó a otro estanque y ahora llora desconsoladamente porque no te encuentra.”
“¿Pero existe algún otro estanque?”, se asombró Samuel, que estaba seguro que el mundo era solo eso que alcanzaba a ver desde el borde del estanque.
“Por supuesto que existen otros estanques”, dijo croando la vieja rana Ramona. “El mundo es infinito y en él hay numerosos estanques.”
“Ohhh”, suspiró Samuel. “Quiere decir que la princesa puede estar en cualquier lado.”
“No es así”, negó con la cabeza Ramona. “En el mundo rige un orden. Cada princesa debe encontrar su príncipe. Si realmente eres un príncipe, que te convirtieron en sapo, la princesa va a venir justo a este estanque.”
“Salvo en el caso que no sólo tu estés encantado, sino ella también”, comentó el sapo Ciro.
“¿Puede ser eso posible?”
“Por supuesto. Por eso mira bien las ranitas de nuestro estanque y fíjate si alguna te parece que podría ser una princesa encantada.”
Samuel en principio pensó en Raquel. Era como la princesa del cuento del guisante, el que escuchó una vez la abuelita le contaba a su nieta. También a ella le molestaba cada grano de arena que encontraba en el barro donde dormía. Era la única ranita con la que se entendía. En realidad era la ranita más encantadora de ese estanque.
Fue a buscarla enseguida y le preguntó si alguna vez pensó que ella era una princesa encantada.
“Por supuesto”, dijo croando Raquel. “Hace mucho que me siento diferente a otras ranitas.
Desde que dijiste que eras un príncipe encantado, me pareció que yo también era una princesa encantada.”
“¿Piensas que si nos besamos nos convertiríamos de nuevo en personas?”
“Probemos”, dijo croando Raquel.
Se besaron tímidamente y seguían siendo iguales. Al principio se sintieron decepcionados, después Samuel se dio cuenta que eso era mejor si ella se hubiera convertido en princesa y el siguiera siendo sapo. Raquel reflexionó que eso era mejor si Samuel se hubiera convertido en príncipe y ella siguiera siendo ranita. Así, en cambio, vivieron como príncipes encantados muy felices el resto de sus días de sapo y rana.
Traducción de Matilda Leskovec
